Yo vencí a la esterilidad.

Por Elvira Cobas (Enfermera. Experta en cuidado emocional y empoderamiento de mujeres. Emprendedora y madre de tres niñ@s)

Puede que no siempre hayas deseado ser madre, pero el día que ese anhelo llega a tu vida y se ancla en tus entrañas, no vuelves a ser la misma persona. De pronto parece que no haya más vida después de la maternidad. Desde tu comida, al ejercicio que realizas, los suplementos de ácido fólico, todas las lecturas que te metes entre pecho y espalda, para convertirte de la noche a la mañana, en una buena madre. Todo tiene el mismo epicentro.

Tu vida gira en torno a la llegada de tu retoño. Puedes verlo, olerlo, escucharlo. Incluso le hablas. Y de pronto descubres que el mundo no fluye a la velocidad del cerebro de una mujer, listo para gestar. Toda la vida tomando precauciones para no quedarte embarazada y de pronto, concebir un bebé se antoja más duro que un París-Dakar.

Cuando un embarazo que ya se anunciaba en tu corazón, no llega a tu cuerpo, el dolor que sientes dentro, sólo es equiparable al ácido sulfúrico corroyéndote las entrañas. Si a ello añades un diagnóstico de esterilidad primaria, que en castellano básico significa que estás imposibilitada para concebir naturalmente a un bebé, tu autoestima y tu identidad de mujer, se fragmentan en pedazos. Es una extraña mezcla entre incompetencia como mujer, inutilidad como persona, fracaso como pareja y vacío existencial.

Empiezas un proceso de negación y enfado. No entiendes cómo la vida puede permitir que hasta una mujer en proceso de drogadicción y viviendo en la calle geste a su hijo y tú que te cuidas más que un gorila albino en proceso de extinción, no puedas ni quedarte embarazada. La vida parece tan injusta…

Miras y relees tu informe médico y no quieres creerte lo que pone. Pero un diagnóstico es como una condena. Y esta es a perpetua. Buscas en internet. Lees más libros de los que caben en tu biblioteca buscando la solución, el secreto, el milagro. Consultas a médicos, matronas, terapeutas. Te da igual que sean alternativos o sin alternar, lo que tú quieres es darle ya la vida, a ese ser que ya sientes presente en tu vida. Y el mundo parece conspirar en tu contra.

La fecundación in vitro o entrar en lista de adopciones, se antoja como la única luz al final del túnel. Y ninguna de las dos son senderos fáciles de recorrer. Yo pasé por un proceso de in vitro. Perdí varias veces los óvulos que me habían implantado. Es un proceso devastador emocionalmente, como una montaña rusa que sube y baja a toda velocidad. En cuestión de horas puedes estar viviendo tanto la ilusión de saber que tus embriones están ya dentro de ti, como el duelo por su pérdida.

Yo pasé tres veces por este proceso, pero finalmente concebí a dos preciosas niñas en un embarazo gemelar. Al cabo de un tiempo, volví a sentir ese anhelo de tener un hijo. Mis hijas eran lo que Willian Sears llama bebés de alta demanda. Suponían una carga de cuidados muy grande, pero mi anhelo no era algo racional. Era un deseo intenso y profundo de volver a ser madre. Sin ninguna explicación lógica. Sólo la vida pidiendo paso.

Mi marido se negó tajantemente a volver a pasar por la dureza emocional del proceso de in vitro. Y yo deseaba tener ese hijo más que nada en el mundo. Estaba tan desesperada, que llegué a pensar incluso en separarme para decidirlo yo sóla, y buscar todas las opciones posibles. Estaba abatida. No veía salida.

Hasta que paré de quejarme.

A veces vivimos el dolor desde el victimismo, desde la incomprensión de lo que está sucediendo fuera. Sin un ápice de conciencia. Sentimos el dolor como un castigo y nos imposibilitamos para abrirnos a la creatividad, a la solución.

Yo viví todo el proceso, el dolor, la angustia. El victimismo y la inmovilidad también. Cuando llegué al límite de mis fuerzas y me rendí, la vida me mostró el camino. Y quiero compartirlo contigo.

No voy a decirte, si estás pasando por esto o conoces a alguien en este proceso, que éste sea su camino. Lo que puedo contarte es mi rebelión personal contra el sistema y sus diagnósticos. Mi camino de descubrimiento de mi poder personal. La transformación que todo este dolor y angustia operaron en mi. Hoy soy la feliz madre de tres niños. ¡Los adoro con todo mi corazón! Y no cambiaría ni un minuto del camino recorrido por tenerlos a mi lado. Pero no fue fácil.

Mi diagnóstico de esterilidad no era psicológico ni reversible. Me metieron a quirófano y enviaron líquido hacia mis trompas. No pasaba. No había ninguna posibilidad de que un espermatozoide pudiese alcanzar uno de mis óvulos, me pusiese arriba, abajo, o de lado. Me tomase la temperatura o la tensión. Fuese martes, luna llena o los astros se alineasen con Júpiter. Dijeron que era imposible.

Está bien. Reconozco que no soy muy conformista. Que siempre he tenido un espíritu un poco rebelde e inquieto. Así que cuando dejé de quejarme y llorar por lo que me habían dicho los médicos, dejé de perder el tiempo. Confié en lo que estaba sintiendo y me puse a buscar una solución. Leí y estudié durante un año todo lo que fui capaz de encontrar en las redes y en los libros acerca de como romper adherencias pelvianas o en cualquier otra parte del cuerpo.

Me nutrí de la medicina del deporte, de la fisioterapia, de la osteopatía, y de todo lo que caía en mis manos acerca de cómo romper adherencias. Aprendí como diversas disciplinas rompían adherencias con masajes de diversos tipos, en procesos cancerosos después de la quimioterapia, en las lesiones del deporte, en otras enfermedades. En un año diseñé mi propio método para romper mis propias adherencias.

Lo probé conmigo misma, sin decirlo a nadie, sin confiar apenas en el resultado, pero sin la voluntad de detenerme en mi búsqueda. Ya puestos a crear las condiciones idóneas, había decidido que iba a ser un niño, así que adapté a mi proceso lo que había leído del método bareta, de selección natural del sexo. A los dos meses estaba embarazada de mi hijo Telmo. Tenía 40 años. Y era la mujer más feliz del mundo. Pero la más empoderada también.

Puedo decirte que fue un proceso muy transformador como persona, como mujer. El coraje que me dio en la vida, y en mi rol como madre, es el legado que dejo cada día, a mis hijos en su crianza. Yo no tengo consejos para nadie. Sólo mi experiencia, y la confianza en el poder personal y creador que todos llevamos dentro.

Lo que yo he aprendido, es que ningún diagnóstico nos va a impedir convertirnos en quien hemos venido a ser. Y que una vez sientes que ése es tu camino, no hay diagnóstico, proceso, ni persona, que te pueda impedir manifestar en tu vida, lo que tiene que ser. Si tienes miedo, hazlo con miedo. Si tienes ganas, hazlo con ganas. Pero encuentra tu camino. Búscalo, ábrelo o constrúyelo para ti, y para las que vengan detrás.

 



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